CULTURA

«La única gente que me interesa es la que está loca»

Un grupo de amigos nacidos y criados en Chapadmalal aprendió a surfear de niños. Tenían una sola tabla, y la compartían. Hoy están grandes, pero el surf y la vida al lado del mar les marcaron su identidad. Y también marcaron la identidad del lugar. Chapa es un pueblito ubicado al lado del mar y allí viven ellos, que forman una suerte de comunidad hippie-surfera. Esta su historia, y las de unos pocos que vinieron de afuera y se quedaron. Estos son los pibes de Chapa. Escribe y saca fotos Guillermo Gallishaw.

“La única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, pero que arde, arde como esos increíbles fuegos artificiales que son de luces amarillas y explotan como arañas a través de las estrellas.” Leí por primera vez En el camino, de Jack Kerouac, unas semanas antes de viajar a Chapadmalal. La cita de más arriba es de ese libro, y la conexión que sentí entre esa historia y este viaje fue casi mística. Es que Chapa (así le dicen) es una especie de Atlantis, de Ciudad Perdida que está a la vista de todos, pero que nadie la ve… por suerte, sino todos se irían a vivir allá. Está al lado del mar pero tiene esas hipnotizantes ondulaciones de la pampa húmeda, con campos sembrados de girasol y ese sentir tan particular del campo de Buenos Aires. El casco urbano está apenas poblado: hay manzanas en las que hay una sola casa, y la mayoría de las calles es de tierra. Y la gente que vive allí, al menos la que conocí yo, está loquísima. Pero loca en el sentido de Kerouac: tienen una profunda conexión con la Naturaleza, viven con un ritmo apacible y, cada vez que pueden, van al mar a surfear. ¿De qué trabajan estos neo hippies? Bueno, se las rebuscan, pero como su mayor preocupación no es el dinero, viven tranquilos. Y detrás de cada uno hay una historia de vida apasionante. Al menos eso vi…

A David Vázquez le dicen El Deivid y nació en Playa Chapadmalal, un pueblito que está a mitad de camino entre Mar del Plata y Miramar. De chico, pasó mucho tiempo con su abuelo, un tipo bien de campo que tenía su rancho cerca de donde hoy existe un complejo turístico. “Siempre había cosas que me llamaban la atención. Mi abuelo me despertaba a las cinco de la mañana y salíamos a recorrer el campo a caballo, mirando que todo estuviera bien. Recorríamos todos los alambrados porque, en esa época, había muchos cuatreros que cortaban los alambrados para robar ganado”, me cuenta. Una vez su abuelo lo llevó a un bar. El Deivid tendría diez años, o menos. Parece que el abuelo tomó tanta ginebra que después no podía subirse al caballo. “Era medio bajito, así como yo, y cuando logró subirse, el caballo volvió solo. Así son los caballos, viste, vuelven solos a la querencia. Y cuando llegamos a la entrada del campo, el caballo se acercaba a la tranquera medio de costado y de forma tal que mi abuelo, con la mamúa que tenía, pudiera abrir la tranquera. El caballo pechaba para abrirla y después se acomodaba para que mi abuelo pudiera cerrarla. Todo eso, en medio de la noche, así que imaginate que para mí eran experiencias increíbles.” Me imagino.

Al Deivid lo conocí hace unos años, mientras yo hacía fotos de surf para otra revista. Él y sus amigos surfean desde chicos y el hecho de haber nacido al lado de la playa les da una especie de aura especial. “La gente que crece al lado del mar es especial”, le escuché decir a una chica.

Los pibes del barrio

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Desde la izq.: El Viru, El Deivid y el Lucho

El Chori, El Piter (Peter), El Deivid y El Lucho, entre otros, aprendieron a surfear a la que te criaste, como se decía antes. Un guardavidas más grande que ellos les prestaba una tabla y les enseñaba cómo entrar al mar. “Lo que él hizo con nosotros lo valoraré siempre”, me confiesa El Deivid. Algo parecido me dice Lucho Linares, quien da clases de surf en Luna Roja, uno de los balnearios de la zona. “Siento que tengo que devolver algo de lo que nos dio el surf.” La historia fue más o menos así. Al barrio le dicen La Estafeta, porque acá funcionaba una estación de correos. Está dentro de la localidad Playa Chapadmalal, sobre la RP11. Es un pueblito tranquilo, que en verano suele llenarse de turistas que vienen al mar, y en invierno podés caminar por la calle y no ver a nadie. Más allá del casco urbano, sólo hay campo: la pampa húmeda se abre ondulante, con sembradíos de girasol y soja.

Pero en la década del ’70, La Estafeta no tenía el agite que tiene hoy durante el verano. Cuando Deivid, Lucho, Chori y el resto de los pibes eran chicos, las cosas eran distintas. Por ejemplo, ellos iban a una playa que hoy desapareció. La construcción de las escolleras de Miramar, que permiten que los balnearios de esa ciudad tengan arena suficiente para atraer turistas, hizo que las playas de Chapa se achicaran, y algunas hasta desaparecieron. Pero esa es otra historia. La cuestión es que los chicos venían a la playa y pasaban varias horas allí, siempre cuidados por un padre, una madre o un guardavidas. “Hasta que un día cayó uno con una tabla de surf y en ese momento fue como si ahora viniera alguien con un platillo volador. No la podíamos creer –recuerda El Deivid–. Obviamente que no sabíamos cómo se usaba. No había Internet y no nos llegaban revistas. Además, ¡no nos la prestaban! Pero como éramos medio ladilla, insistíamos y al final empezamos a meternos.” Y así fueron aprendiendo de a poco. Una vez fueron a Mar del Plata y vieron cómo surfeaban los más pro. “Ahí entendimos algunas cosas, como que había que cortar la ola”, sigue El Deivid. Pero además de hablar de Chapa y el surf, con un fernet de por medio, nos ponemos a hablar de la vida y siento que podría escribir un libro con la historia del Deivid. Casi diría que las vivió todas.

El Lucho

“Nací acá y desde chico siempre tuve una relación con el mar. De ahí viene Lafquen Che, que significa gente de agua en mapuche. Mi abuelo se vino para acá porque trabajaba en el campo; mi mamá nació acá; yo nací acá… Somos gente de agua, o de mar, mejor dicho.” Dentro del grupo de chicos de Chapa, Lucho Linares se destaca por ser el más combativo a la hora de defender y proteger el entorno: el pueblo, la playa, el mar. Es que en algún momento, esto que era de Lucho y de sus amigos (con playas casi vírgenes de turistas, sin balnearios concesionados y sin empresas que tiren sus deshechos al mar) en un momento empezó a cambiar. Primero creció Mar del Plata, luego Miramar, y cuando esos dos lugares fueron superados de gente, los turistas empezaron a venir a Chapa.

“En 1981, Peredo y Daniel Martínez tenían una tabla, que a veces nos la prestaban. Pero no había una referencia. O sea, no había ni surfistas a quienes mirar, ni revistas. Después, con el paso del tiempo nos fuimos iniciando, pero era muy difícil conseguir materiales como trajes o tablas. Con Peter, Alejo, David, Chori, Fausto y otros nos hicimos de cero. Hasta que un día, un amigo que viajó a Brasil vio que allá había una escuela de surf, nos tiró la idea de hacer algo parecido acá. En realidad, el que la inició fue Wally.” Así fue como nació Lafquen Che, una escuela de surf con el espíritu de un grupo de amigos que, cuando se iniciaron en el surf, compartían una misma tabla.

Lafquen Che significa gente de agua en mapugundum. Algunas tribus mapuches del interior de lo que hoy es Buenos Aires venían a esta zona, entre otras cosas, en busca de la arcilla para su alfarería. Chapadmalal quiere decir corral de barro en lengua mapuche.»

 

Lafquen Che funcionó en el balneario Luna Roja durante muchos años. Entre todos construyeron una suerte de parador, en el que la gente del barrio dejaba sus tablas, e incluso muchas familias dejaban sus reposeras y sombrillas. Durante el verano, los chicos daban clases de surf a los turistas, aunque también les enseñaban a los niños de Chapa, sin ningún costo para ellos. “Es que para nosotros es importante devolverle al surf todo lo que nos dio y nos da. Cuando éramos chicos no teníamos ni tabla. Por eso me parece que al darle clases a los chicos de acá, les estamos dando una relación con el mar y el surf que para nosotros es un estilo de vida”, fundamenta Lucho. Y El Deivid agrega: “El mar es todo. Cuando hay olas, surfeamos. Cuando no entra un swell, vamos a pescar”.

La Ley establece que una empresa, mediante una concesión, puede explotar comercialmente una playa, pero con ciertos límites. Claro que esos límites, cuando entran en juego intereses económicos y políticos, comienzan a ser difusos. Para resumir la historia, un concesionario quiso ocupar más espacio del que la Ley le permite e hizo lobby para sacar Lafquen Che, que era una escuela pública de surf, con el aval municipal, que ocupaba un espacio público. El lobby lo logró a medias, pero la completó una noche cuando, sin que nadie lo viera, derribó el parador de los chicos y Lafquen Che quedó hecha escombros. Hubo protestas, reclamos y hasta manifestaciones. Sin embargo, a tres años de aquel hecho, hoy el concesionario explota toda la playa…

“Lafquen Che sigue. La sigo yo. Durante el verano voy con un gazebo a Luna Roja y doy clases. Además, cada año voy a Mar del Plata a revalidar mi título de instructor. Y voy a seguir peleando porque esto siga. Me encantaría que alguien tome la posta de Lafquen Che y mantenga el espíritu. La playa, el pueblo, el mar… todo eso es de la gente de acá, de la gente de agua.” Lo escucho y pienso en el valor (¿los huevos?) que tiene este chico para sacar adelante un sueño que, al menos yo, lo veo genuino.

Bienvenidos los de otro planeta

Además de los nacidos y criados, en Chapa hay un pequeño grupo de los venidos y quedados, es decir, que no nacieron acá pero que cuando conocieron el lugar, decidieron venir a vivir.

Ito, Chloe, Marco e Isabella

Ito, Chloe, Marco e Isabella

“Acá hay mucha gente que viene en el verano, ve todo esto y se viene a vivir. Pero cuando llega el invierno y pasan diez días de lluvia y viento, que salís a la calle y capaz no ves a nadie, pegan la vuelta a Buenos Aires. Los que vinieron y se quedaron son muy pocos. Ito es uno de ellos”, relata el Deivid.

Ito es Manuel Bonino (55), un tipo que, entre otras cosas, es mi primo. De hecho, yo conocí Chapa a través de él. Manuelito (de ahí viene Ito) empezó viniendo algunos veranos y se quedaba en lo de Peter. Así lo recuerda David: “Creo que la primera vez que lo vi, llegó con El Perro, su amigo. Llegaron a la playa e Ito se sacó la ropa y se metió desnudo al mar. ‘A bue…’ dije yo.”. Según parece, Manuelito siempre tuvo un fuerte contacto con la Naturaleza, pero sobre todo, con el agua. Cuando yo era chico, él ya había salido de la adolescencia. Creo que en la familia querían que estudiara alguna carrera universitaria, pero no hubo caso. Ito producía miel, hacía yoga, comía arroz yamaní, se iba de viaje por ahí (muy a su estilo) y fumaba marihuana. En el entorno pensaban que algo no estaba bien en él, pero la realidad es que siempre tuvo en claro qué quería para su vida. Es más, supongo que estaba buscando su lugar en el mundo, hasta que llegó a Chapa y se instaló en una casita al fondo del barrio, donde ya no hay más calles y sólo se ven campos sembrados. Allí tiene una huerta gigante y variada a la que le dedica las primeras horas de la mañana, también hace unos muebles robustos, con un estilo y terminación bellísimos, se casó con Chloe Henderson y tuvieron dos niños: Isabella y Marco, que van a la escuela pública de Playa Chapadmalal. Y lo más curioso para el entorno surfero es que Ito se mete al mar con su tabla casi todos los días de su vida: no importa si hay olas perfectas, pequeñas o si no hay olas. Se mete aún cuando el mar está revuelto y no hay nadie en él. Ito va con su tabla y se queda filtrando olas. Como habla poco, no se sabe bien porqué lo hace, pero algunos dicen que tiene que ver con esa incomparable sensación de estar en el vientre materno.

En fin. El punto es que Ito es uno de los pocos venidos y quedados. “Es uno más de nosotros”, me dijo el Deivid. Y es feliz acá. Lo mismo que El Deivid, con sus historias de niño con su abuelo; que El Lucho, peleando para que la playa sea de todos; que Ito, tratando de volver al mar después de una operación; que El Chori y su vida ligada al surf y las esculturas; y el resto, que son varios, todos copados. Veo a estos chicos y tengo un pensamiento naif: se puede ser feliz con muy poco. Y vuelvo a pensar en estos pibes, y vuelvo a pensar en esa parte del libro de Kerouac: “La única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, pero que arde, arde como esos increíbles fuegos artificiales que son de luces amarillas que explotan como arañas a través de las estrellas.”

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