VIAJES

Me duelen las manos

Me siento al lado de la venta para escribir, pero en seguida me tengo que alejar: afuera hay -17 y sopla un viento que traspasa el doble vidrio de la casa en la que estoy parando.

Anoche llegamos a Bugøynes, en Noruega. Me suenan tan lejanos los días en Rovaniemi e Inari que me cuesta atrapar recuerdos. Es como si todo el tiempo me estuvieran pasando cosas superadoras. No es tan así, porque no todo lo que vivo está re bueno. De hecho, por momentos la paso al límite de querer volverme de una vez. Pero cada vez que el contexto me pone en ese lugar áspero, pienso en el paralelismo entre la vida y los viajes. Siempre suceden cosas que te ponen incómodo, y la clave es identificarlas y poner lo necesario para dejarlas atrás y, simplemente, avanzar.

Llegar a Rovaniemi desde Buenos Aires había sido una locura; por el frío constante, por la ciudad, por Papá Noel, por el dueño de la casa donde paramos, por la primera aurora boreal que vi en mi vida… Pero eso que me parecía una locura se potenció notablemente durante el viaje de Rovaniemi a Inari, porque ni bien salimos de la ciudad, la ruta me volvió a sacudir: hielo sobre el asfalto, nieve a los costados, y los árboles semi congelados. Realmente parecía un paisaje de película, sólo que cuando frenábamos para hacer una foto, no estábamos en una película, sino en la vida real, y el frío era insoportable por momentos. Llegamos a la cabaña en Inari bien entrada la noche (siete de la tarde); la encontramos relativamente fácil porque, si bien estaba en medio de un bosque alejado del pueblo, Cristina supo ubicarse enseguida. Era un sueño. Estaba a la vera de un lago congelado, rodeada de árboles, bien calefaccionada y con un ventanal gigante.



Nos acomodamos y Hernán y Cristina fueron a un supermercado. Yo salí un rato a ver el entorno nocturno pero, salvo las estrellas, nada me llamó la atención. Entré, preparé la cámara en el trípode (porque uno nunca sabe cuando va a tener que salir corriendo porque algo se presenta) y en ese instante me suena el teléfono: «¿La estás viendo?», me dijo con la voz quebrada, y repitió: «¿Guille, la estás viendo?». Me vestí como pude, a las apuradas, el pantalón a medio ajustar, las botas atadas casi sin acordonar. Agarré el trípode y salí. Corrí hasta el lago, donde todo me parecía más abierto, y sobre el bosque, vi una ondulante, verde y saltarina aurora boreal. Fue un momento de excitación y desesperación, pero aprendí de la primera vez y en seguida me tranquilicé. Encuadré con cuidado, saqué algunos cálculos mentales sobre la exposición y me dispuse a tomar fotos y observarla. Contra todos los pronósticos (que decían que las auroras duran un máximo de 3 minutos), esa mágica luz verde estuvo en el cielo por casi diez minutos. Fue el tiempo suficiente para que mi cuerpo reaccionara: sin darme cuenta, me había sacado los guantes y tenía los dedos tan duros que no lo podía articular; hasta me dolían. La aurora seguía ahí, ya tenue, pero yo me metí corriendo en la cabaña. Me saqué las medias (porque, como no me había puesto el pantalón de forma adecuada, me había entrado nieve) y tan pronto como pude, puse pies y manos al lado del fuego.



Los días en Inari fueron variopintos, como esos paisajes que tienen una variedad de formas, colores, texturas y olores. Además de volverme loco haciendo fotos del paisaje dominado por la nieve, tuvimos una aproximación a la cultura Sami, los habitantes originarios de Laponia. De hecho, participamos de los festejos por el día Sami. Personalmente, de tanto salir a sacar fotos, me atacó una tos molesta. Pero la voy llevando. Me quedan dos días antes de emprender el regreso hacia Rovaniemi. Dos días aquí, en la otra punta del planeta, si tengo en cuenta que mi casa está en Muñiz, provincia de Buenos Aires, Argentina, Sudamérica. Ya que, justo en este momento, estoy a la vera del mar de Barents. ✪

Quizás te interese

Comentarios cerrados

Más de VIAJES