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Lara Resnik es la protagonista del cuarto capítulo de la serie documental Historias de la Naturaleza. Tiene 24 años, es nacida y criada en Puerto Madryn y lidera un grupo de voluntarias y voluntarios que todos los meses hacen limpiezas de playas. El vínculo de Lara con estas costas empezó cuando su familia la llevaba de campamento antes de haber cumplido un año de vida. Historias de la Naturaleza se estrenará el 5 de junio por nuestro canal de YouTube.


Escribe Guille Gallishaw

“De chica tuve una etapa en la que quería ser maestra, en algún momento quise ser periodista, tuve mi etapa en la que soñaba con ir al Espacio, ser astronauta… Las Letras fue algo que siempre me gustó. Leía tanto que quería ser escritora. De hecho, sigo con esa idea, de en algún momento escribir un libro. Pero son muchas vidas en una sola.” Eso es todo lo que Lara abrirá su mundo más íntimo. El lugar en donde Lara guarda sus emociones, sus miedos, sus deseos, está reservado para poquísimas personas. Pero hay una excepción, una pequeña excepción. Existe una porción de su universo más íntimo que ella muestra con una sonrisa siempre dispuesta. Cuando se le pregunta por ese tema, es como si Lara dijera ¡claro!, vení que te muestro, y abre la puerta. Es el mar. “Pasar los días en estas costas, en estas playas, es una decisión de vida”, y esa decisión llegó el día en que sintió que la Ciudad de Buenos Aires la ahorcaba.

Héctor Resnik y Silvina Garzonio tenían una vida de campamentos en la playa, salidas a navegar por el mar patagónico y viajes sin lujos capitalistas pero con mucho contacto con la Naturaleza. Cuando nació Lara, nada de eso cambió en la familia. La niña se crió con ballenas, orcas, pingüinos y lobos y elefantes marinos como parte de su escenario cotidiano. Abrir el cierre de la carpa en Punta Pardelas, que entre la brisa gélida de las mañanas en el Sur, escuchar el mar golpeando suave contra las restingas y que una ballena franca austral pase a pocos metros era de lo más habitual para Lara, incluso cuando Silvia o Héctor aún le cambiaban los pañales. En el feed de su Instagram hay fotos de Lara buceando con lobos marinos, remando en kayak, mirando una ballena a un metro de sus narices, en un fogón en la playa rodeada de adolescentes como ella y acostada en una playa de piedras de canto rodado leyendo un libro. También hay fotos de un viaje al Norte, de otro a Europa, algunas con amigas y muchas con su madre: Lara en pañales, Lara de adolescente en un paisaje de montaña, Lara con 24 años, recostada sobre Silvia mientras le da un beso en la frente. También hay una en la que Lara camina por una playa cargando dos cajones repletos de basura. 

Cuando terminó el colegio, emigró a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires para estudiar Administración de Empresas en la Universidad Torcuato Di Tella. Todo iba bien. Se recibió, consiguió trabajo en una empresa y rápidamente creció profesionalmente. Pero un día, algo pasó. Estaba en su departamento y sintió la necesidad urgente de no estar ahí. Como un ahogo extraño. Dejó pasar unos días, para ver si el sentimiento amainaba, pero no. A los pocos días, renunció al trabajo, se despidió de sus compañeros y compañeras, cargó todo y se volvió a Puerto Madryn. Y, al parecer, esa era la cuestión. El sueño de irse a probar la vida en la gran ciudad se había terminado. Pero, ¿y ahora? ¿Ahora qué?

A las nueve menos diez de la mañana de un domingo, Lara maneja rápido por un camino de ripio. La camioneta va tiritando por el serrucho del suelo y, cada dos por tres, pega unos saltos. Lara no le presta atención al bamboleo. Con los ojos hinchados por aún tener sueño, va al volante en silencio, con la mirada fija en el camino. Hasta que habla. Muchas veces se le pregunta algo y da la sensación de que esquiva la respuesta o no quiere hablar en ese momento. Ahora, ella sola dice: “Estamos yendo a Punta Ninfas, que es la punta del Golfo Nuevo. Pero vamos a la parte de mar abierto. Es una zona que todavía no fue declarada reserva natural por las autoridades provinciales. Por lo cual, es muy común que se llene de pescadores que van a pasar el día y dejan basura. Desde botellas de fernet y latas de cerveza, hasta parrillas enteras. Vamos con un grupo de amigos a juntar toda esa basura. El tema es que va a estar complicado porque hay un acantilado muy alto para subir, con todas esas bolsas de basura al hombro. Obvio que es la razón por la cual los pescadores no se llevan la basura. No quieren hacer ese esfuerzo.”

Al menos una vez por mes, Lara organiza limpiezas de playa en diferentes lugares de las playas del Golfo Nuevo. El problema de la basura aquí tiene dos orígenes: por un lado, los residuos urbanos y, por otro, los que generan los barcos pesqueros. “En esta playa puntual, lo que más encontramos es basura que dejan los pescadores que vienen acá, se pasan el día entero y dejan todo tirado. En otras playas del Golfo es más habitual encontrar residuos de los barcos pesqueros, como cajones de sulfito, guantes, cuerdas largas.” Lara reparte bolsas de un metro y medio de alto, y voluntarias y voluntarios salen a juntar. De un lado, el acantilado, que parece ser más alto que el Obelisco; del otro, el mar. En el medio, la playa y las restingas, donde descansa una colonia de elefantes marinos. “Cuando veo pedacitos chicos, también los junto. El tema con las botellas de plástico es que, con el tiempo y la erosión del viento y de la misma playa, se terminan convirtiendo en microplásticos. O con las tanzas que dejan los pescadores. Si una de estas tanzas se las come un animal, imaginate.”

La basura está en el top tres de las problemáticas de esta parte de la Patagonia. Las otras son la desertificación y lo que generan las industrias petroleras y mineras. Intentar una batalla con cualquiera de las tres es como combatir un incendio con un gotero. Lara lo sabe pero, aún así, da la pelea.  

Cuando Lara volvió a Madryn, su familia había encarado un nuevo proyecto. Se hicieron cargo de la vieja estancia El Pedral, con el objetivo de explotarla turísticamente. Está a 75 kilómetros de Puerto Madryn por camino de ripio y se llama El Pedral porque está sobre una playa canto rodado, de nueve kilómetros de largo, justo al lado de Punta Ninfas, la punta Sur del Golfo Nuevo. A poco de volver de Buenos Aires, Lara se hizo cargo de la gerencia de El Pedral. Y a poco de haber vuelto, se dio cuenta de que había tomado la mejor decisión. Una mañana de primavera, Lara carga el mate, el termo, unos bizcochitos, su cámara de fotos y maneja hasta la playa. Son unos pocos cientos de metros por un camino interno. Después de dejar la camioneta, un sendero se abre hacia el lado del mar, que aún no se ve. A poco de caminar, un pingüino en medio del caminito estira su pico hacia el cielo. Parece el ejercicio de una clase de yoga. “Lo que hacen con el pico, que lo abren y lo cierran, es lo mismo que hacen los perros con la lengua para regular la temperatura. Ellos tienen toda la capa de plumas, que les genera una impermeabilidad, después una capa de aire, que les sirve de aislación térmica y, después, la piel. Como tienen todo eso, la única forma de regular la temperatura es con la boca.” Después dirá que ella no estudió nada relacionado con esto. Que lo que sabe, lo sabe por estar en contacto permanente con biólogos, investigadores y guías que saben mucho de estos temas. También dirá que esta colonia de pingüinos de Magallanes pasó, en trece años, de tener tres parejas de pingüinos a más de 3600 nidos activos. Eso quiere decir que aquí hay más de 10.000 individuos. Lara dirá muchas cosas curiosas sobre esta colonia, sobre esta playa, sobre este mar, pero en un momento no dirá más nada. Es como si se fuera en fade. La veo pero no le hablo; ya está en otra frecuencia. Sentada a pocos metros del mar, al lado de un arbusto, pasará una hora -LIT -observando un nido con pingüinos baby. El ahogo que sintió en su departamento en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires nunca más volvió a ahogarla. De hecho, el cambio le dio aire, en los dos sentidos: emocional y material. El aire gélido de la Patagonia, que entra hasta los pulmones y llega al cerebro para activar vaya a saber qué sinapsis. Lo que sí sabe Lara es que esto está bien.

Durante la segunda mitad del Siglo XX, Puerto Madryn tuvo una ola de pioneras y pioneros que construyeron una fuerte identidad con el mar. Este ecosistema tan biodiverso que hoy forma parte del desarrollo turístico de la ciudad, tuvo su origen allá por los ‘70 y ‘80 con personas que formaron una comunidad vinculada con las actividades marinas. El buceo, el avistaje de fauna, la navegación a vela. La vida al lado del mar patagónico. La vida de Lara Resnik, que ya lleva 24 años, volvió a cobrar sentido cuando volvió acá, al lado del mar. Durante un atardecer a tres metros del mar, con tres elefantes marinos que duermen por allá, Lara ceba un mate. La Reserva Natural Punta León está alejada de los circuitos tradicionales de la zona. Parece reservada para unos pocos, para esos que conocen los rincones secretos, como Lara. “Necesito estar acá. Trabajar todos los días afuera. Por más de que el clima no sea el mejor todos los días, por más de que a veces te dé sueño levantarte al amanecer. Por más de que haga frío. Es una decisión de vida el hecho de estar en la Naturaleza y que mi vida transcurra en estas playas, en estas cosas.”



 

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