Hay un problema en Chapadmalal: creció tanto que se convirtió en un buen negocio. Entonces, el Gobierno municipal y un pequeño grupo de empresarios están modificando espacios a fin de maximizar sus ganancias. No tienen en cuenta el cuidado del ambiente, y tampoco tienen en cuenta qué piensa la comunidad que vive allí de forma permanente. Actualmente hay asambleas vecinales en todo el Sur de Mar del Plata y todas piden lo mismo: que las escuchen. Esta es una crónica sobre un lugar en conflicto.
Escribe Guille Gallishaw. Fotos: también de Guille
Me mudé a un lugar en conflicto. Y no lo sabía, pero yo estaba siendo parte del conflicto. Resulta que Chapadmalal estuvo por fuera del radar de los lugares cool de la Argentina. Hasta que llegó la pandemia y por alguna extraña combinación de factores, mucha gente pensó que era buena idea irse a vivir a Chapadmalal. Fue cuando el sector privado y el público se dieron cuenta de que había una posibilidad de desarrollo económico interesante. Aunque podría decirse de otra forma: se dieron cuenta de que podían ganar más plata de la que ya tenían. Y eso que ya tenían mucha. “Se potencia esto de balnearizar la playa, que es una forma de urbanización en playa, con esta idea de poder dormir y despertarse en la playa -dice Mariangel Cacciuto, docente e investigadora en la carrera de turismo de la Universidad Nacional de Mar del Plata. -Entonces no se busca tanto la playa como entorno recreativo, sino como un acaparamiento del paisaje. O sea, una inversión de tono exclusiva, pero a la vez excluyente”.
Durante el invierno de 2026, el conflicto estalló por los aires. Aunque tal vez aún no haya estallado, pero está encendido. Vecinas y vecinos organizados en asambleas demostraron que el desarrollo que está sucediendo afecta irreversiblemente la identidad del lugar. En esa afectación está la modificación del ambiente, que a esta altura del Siglo XXI ya sabemos que cuando un ecosistema se modifica, casi que no hay vuelta atrás. Y, casualmente, lo atractivo de la región es el ecosistema. Una mañana visité a Pablo Hermida, vecino de Santa Isabel y guardavidas, y me lo contaba en estos términos: “Elegí este lugar para vivir en 1985, y lo elegí justamente porque me permite una relación con la Naturaleza. Ahora vienen estos imberbes a querer cambiar todo sin tener el más mínimo conocimiento del lugar. Es violento”. Ahora, el conflicto está escalando. De un lado, el Estado municipal y un grupo de privados que pretenden hacer negocios, y del otro está la comunidad que quiere preservar el lugar en el que decidió vivir mucho antes de que Chapadmalal se convirtiera en Chapa.

Los acantilados de Chapadmalal llegan a medir 30 metros de altura. Son investigados desde hace 140 años y gracias a esos estudios conocemos cómo era este ambiente hace miles o millones de años, incluso qué fauna había y hasta se dató el impacto de un meteorito.
Parte del problema
A poco de entrar en el Siglo XXI, mi primo Hito se mudó a Chapadmalal. Mi primo Hito se llama Manuel, Manuelito, Hito. Es 15 años mayor que yo y siempre fue la oveja negra de la familia, el díscolo, el raro, la referencia de lo que no había que hacer. Y para mí, siempre fue un ídolo. A mediados de los ‘80, cuando yo aún no había alcanzado la adolescencia, Hito hacía yoga, tenía abejas, corría en bici de montaña, comía arroz yamaní y cultivaba marihuana. Para el entorno familiar, Hito era un problema. Entrados los ‘90, empezó a viajar a Chapadmalal y a hacer surf. Se hizo de amigos y pronto se mudó. Por esos años, empecé a visitarlo y así fui conociendo el lugar y su gente. Gasté la Ruta 2 de tanto ir y venir. Hasta que en el invierno de 2025, me mudé y pasé a formar parte de esos (esos) que se vinieron a vivir después de la pandemia y que, de alguna forma, son parte de este conflicto.

En este foto, loros barranqueros (Cyanoliseus patagonus). También suelen verse especies como la gaviota capucho café, la gaviota cangrejera y, eventualmente, petreles.
Letras sin serif
Hay un panfleto que circula. Es en blanco y negro, de veinte centímetros de alto por quince de ancho. Tiene letras limpias, sin serif, y el encabezado grita Urgente!!, así, sin signo de exclamación de apertura, pero con dos signos al final. Después dice CHAPADMALAL en alta, y después pública y natural en tipografías con serif. Debajo, a modo de copete o bajada, denuncia que el Gobierno Municipal de General Pueyrredón quiere licitar a 20 años las últimas tres playas públicas que aún quedan libres en Chapadmalal. Más abajo, en tres columnas, describe lo que sucedería con esas tres playas, que son Playa Dorada o Paradise, Redondo y Santa Isabel. Dice que se pretenden construir cabañas exclusivas, restaurantes y drugstores, eventos masivos con shows musicales, alambrado, carpas, spa. Al final, el panfleto lo firma la Asamblea por los Bienes Comunes de Chapadmalal, y un QR que invita a conocer acerca del Proyecto de Reserva Provincial. El panfleto me lo da en mano Mariana Pontano, de la Asamblea Playa Redondo, y me dice: “Desde la pandemia, mucha gente se compró una casa. Algunos, como vivienda permanente; otros, para vacaciones y fines de semana. Pero eso no sería un problema, salvo que el Estado Municipal y algunos privados vieron que podían hacer buenos negocios. Porque, claro, al crecer el mercado inmobiliario, se abren oportunidades para hacer negocios que, sin exagerar, son negociados, negocios espurios, infringiendo leyes. Y como se trata de gente que tiene mucho poder, y nosotros somos unos vecinos comunes y corrientes, nos quieren pasar por arriba”.

Los vecinos piden, básicamente, el cumplimiento de las leyes ya existentes, la protección del ambiente y que las únicas tres playas que quedan publicas no se concesionen.
De contaminar y usurpar
Hacia fines de los 90s, vecinas y vecinos de la zona hicieron saber su descontento con desarrollos turísticos como Manantiales y Luna Roja. Por un lado, Manantiales construyó su Spa de Mar sobre un gran médano, cambió el curso de un arroyo, vierte desechos cloacales a ese mismo arroyo, y hasta construyó su propia escollera. En julio de 2022, la Asamblea Vecinal Luna Roja presentó una denuncia titulada Manantiales Club de Mar: 30 años de discriminación, clandestinidad y contaminación. En mi archivo encontré una entrevista que le hice a Lucho Linares y a David Vázquez en 2007. Es un video que había grabado con una Sony MiniDV, esas camaritas de mano. Ambos hablan de la impunidad con la que la empresa de Manantiales y su vecino balneario, Luna Roja, actúan sobre las playas, denunciando eso mismo que en 2022 estaba manifestando la Asamblea.
Los amigos de Hito (Lucho Linares, El Deivid, El Chori), entre otros, nacidos y criados, lucharon para preservar el lugar del que forman parte desde que nacieron. Y perdieron. Fue triste ver cómo los expulsaban de la playa, donde tenían una escuela de surf y enseñaban gratis a las niñas y niños del pueblo. Si venías en los ‘90s a Luna Roja y venís hoy, no la reconocés: restorán, estacionamiento, cabañas (¡cabañas! Si ves dónde están construidas, no necesitás saber de leyes para darte cuenta de que no es correcta esa ubicación tan cerca del mar), música, chiringuitos… Los amigos de Hito perdieron. Pero, a la vez, hoy son una referencia. Porque en 2026 hay empresarios y funcionarios públicos que pretenden hacer lo mismo en las únicas tres playas que aún permanecen sin concesionarios. Entonces, mirando los casos de Manantiales, Luna Roja y Calamar Loco, entre otros, es sencillo darse cuenta de qué podría suceder.

Joaquín Salomón nació en Chapadmalal. Trabaja en la construcción, es guardavidas, surfea y escribe y canta raps en los que cuenta su sentir por la transofmación del barrio. “Crecer en un pueblo, saludar al vecino y no fruncirle el ceño…” “… en verano no existe el silencio, musicá en todos lados…”
Algo se rasga, hasta que se rompe
Calamar Loco, dos puntos. Un escenario sobre la playa, con sonido industrial y música electrónica. Es en serio. Cuando a mis amigos los expulsaron de Luna Roja, algunos empezamos a encontrarnos en el balneario Siempre Verde, que sólo tenía una concesión: la del tiempo compartido RCT. Pero pronto, en el balneario de al lado, Arameo, vino otro concesionario. Armaron balneario con piscinas sobre el acantilado. Y, al tiempo, lo impensado en la zona: un boliche al aire libre. En verano, cerca de las cinco de la tarde, la calma de la playa se interrumpe de forma violenta cuando empieza a sonar la música, a volumen altísimo, con sub graves que hacen temblar todo. Y, como si fuera poco, todos los días se monta un operativo en la RN11 en la entrada de Calamar Loco. Todo eso, a cargo de la Unidad Técnica de Operaciones Inmediatas (UTOI), una fuerza de acción rápida y despliegue territorial de la Policía de la Provincia de Buenos Aires. Semejante despliegue para una fiesta. Ni en mis sueños más distópicos hubiera imaginado semejante escena. Un lugar apacible, que se rasga hasta romperse.

En la puerta del club local, un grupo de niñas y niños del barrio están a punto de entrar a su clase de teatro. “No me gusta que nos atropellen así”, dijo Ona en referencia a la concesión de las playas.
Entre dos mundos
“A estos espacios donde se encuentra el Mar con la Tierra se los llama ecotonos” me dice Ane González, Lic en Biología. Quiero entender mejor dónde estamos y para eso visito el Club de Ciencias, un espacio creado por Ane y otras colegas, dedicado a niños y adolescentes. “Los ecotonos son puntos de encuentro de dos ambientes muy diversos, donde hay una situación de borde, donde hay un plus de diversidad muy grande. Nosotros vivimos en un ecotono.” Resulta que por un lado está el océano, que es el espacio de mayor biodiversidad del planeta, con sus mareas e influencias y, por otro, las playas que, en este caso, también tienen acantilados de hasta treinta metros de altura. O sea que no estamos sólo en una playa, estamos en el encuentro de dos mundos que conviven y se enriquecen. Y no es una metáfora. Estos acantilados fueron investigados por el naturalista Florentino Ameghino y por una serie de investigadoras e investigadores a lo largo de 130 años. Los resultados: se encontraron fósiles que ayudaron a reconstruir mundos pasados, con miles (millones) de años de historia. La Licenciada en Geología y Doctora en Ciencias Biológicas Flavia Donna me apunta: “Con el estudio de los acantilados, se descubrió todo el intercambio biótico que hubo entre América del Norte y del Sur, se pudo datar el impacto de un meteorito que tuvo implicancias en el clima de la región, se pueden estudiar los cambios del clima. Se estudia el pasado para poder predecir lo que puede pasar en el futuro”.
Un dientes de sable y un ave del terror
Los acantilados constituyen un registro geológico y fósil de los últimos cinco millones de años. Allí se conserva una secuencia que muestra cómo evolucionó la vida y cómo cambiaron los ambientes a lo largo del tiempo. Se encontraron evidencias de los primeros mamíferos, aves, anfibios y reptiles que habitaron lo que hoy es América del Sur; incluso, la extinción local de especies provocada por la caída de un meteorito, ocurrida hace 3,3 millones de años. Además, como decía Flavia Donna, la evidencia del intercambio de fauna entre América del Norte y América del Sur, hace 2.8 millones de años. El 28 de septiembre de 2026, Infobae publica una nota con el siguiente título: Hallazgo en Miramar: encontraron fósiles de un depredador “dientes de sable” que vivió hace más de 2 millones de años en la costa bonaerense. El título es largo, pero llamativo, y veraz. Me gustaría hacer una nota acerca de los fororrácidos que habitaron estas tierras, estos aires. Uno de ellos era el Ave del Terror, gran nombre para un título. Un ave del terror volando por Chapadmalal.
Según me explicaba Flavia Donna, un acantilado se forma por el avance y el retroceso del mar. Y también por la litología, que es la composición física y química del material. En este caso son limos y arcillas, sedimentos que provienen de la Cordillera, que fueron traídos por el viento o por cursos fluviales hasta acá. “También hay mucho contenido de vidrio volcánico, por eso tenemos estos suelos tan fértiles.” Marqué una línea recta en Google Maps entre Chapadmalal y Copahue y me dio mil doscientos kilómetros. Esa es la distancia que tuvo (¡y tiene!) que recorrer el material para formar estos acantilados. Y, como podrán imaginarse, no se trata de una roca sólida. “La acción del Hombre puede interferir de muchas maneras. Desde arriba, le estaríamos poniendo carga a un lugar que está todo el tiempo erosionando. Y esa erosión no es siempre igual. Muchas veces, empieza por debajo”, dice Dona. Entonces, imaginemos esto: encima de ese acantilado se le pone una construcción con piscinas, restaurantes y demás y, como si fuera poco, sonido industrial, con frecuencias hiper potentes como los sub graves. No creo que eso le haga bien al ambiente. Y aún no hablamos de lo que le hace a la fauna, tanto marina como aérea. Piensen que mamíferos como las orcas se orientan a través del sonido. ¿Qué interpretará una orca o una ballena cuando siente música electrónica? No creo que bailen.

La RP11, a la altura del balneario Cruz del Sur
Hay un matón en el barrio
En distintos barrios del Sur de Mar del Plata, las vecinas y vecinos se fueron organizando en asambleas. Todas buscan frenar el avance desmedido e ilegal de empresas privadas sobre las playas. Eso, por supuesto, con el aval del gobierno municipal. En todos los casos, se violan leyes provinciales y nacionales. En la zona de Chapadmalal también hay asambleas. Actualmente, se busca preservar tres playas: Dorada o Paradise, Redondo o La Redonda y Santa Isabel. Y les aseguro que el trabajo que hacen estas vecinas y vecinos es inmenso y desgastante. Básicamente, porque del otro lado hay empresarios y autoridades municipales con poder. En las asambleas se junta dinero para pagar a los abogados, se organizan acciones y se piensa un futuro. Pero, además, algunas vecinas y vecinos recibieron denuncias penales por parte de un empresario. Y resulta que esas denuncias no tenían ningún sustento legal. Es decir, lo hace para intimidar, y porque tiene poder. Desgastante. ¿Ya lo dije?
Lo que se busca es que las únicas tres playas que quedan sin concesiones, queden así, públicas. Y, además, intentan resguardar el ecosistema. Es decir, el entorno en el que viven. Desde asambleas como la de Redondo, impulsan proyectos como la creación de un geocircuito por el alto valor geológico que tienen los acantilados; también proponen circuitos de ecoturismo, incluso de avistaje de aves. Acá les dejo un link para que conozcan más acerca de estas propuestas.
Desarrollo vs cuidado de la Naturaleza
A fines de los ’90s arrancó una discusión. Las nuevas ideas sobre cómo había que desarrollar el turismo decían que el principal recurso eran los ecosistemas. Si se cuida el ecosistema, que es la razón por la que el turismo viene, se garantiza un desarrollo económico para la comunidad. Pero si el recurso (el ecosistema) se explota hasta destruirlo, la gente ya no vendrá. Hay miles de casos de éxitos en el mundo, pero les traigo uno local. En los Esteros del Iberá, la gente vivía de la caza y de trabajar en las arroceras. Ambas actividades agotaron el ambiente. En la década del ’80 casi no había animales. Habían agotado el recurso. Entonces se creó una reserva natural, se contrató a antiguos cazadores como guardafaunas y poco a poco los animales empezaron a volver. Sólo por poner un ejemplo, en Colonia Carlos Pellegrini, el 97% de la población vive del turismo. No es tan difícil, sólo hay que tener voluntad. La base del turismo sustentable es cuidar el ambiente y que los recursos que se generan vayan a la comunidad local, a la formación para recibir mejor a los turistas y a lo que sea necesario para cuidar el entorno. Todos ganan un poco. No al revés: viene uno de afuera con plata, rompe el ecosistema, se lleva mucho más dinero del que tenía y, cuando el ecosistema está dañado y ya no vienen turistas, se va, deja las ruinas y quedan los vecinos lamentándose.

Otro de los tantos ejemplos: penísnula Valdés. Vive del turismo de Naturaleza y, por lo tanto, la comunidad se esfuerza por cuidar el recurso. Foto de Fabricio Di Dio.
Una ventana al mar
Una mañana fría y ventosa de julio me encuentro con Mariana Pontano. Ella es guardavidas de Playa Redondo, nació en Mar del Plata y hace treinta años que vive en Chapadmalal. Charlamos en la casilla de guardavidas, con un ventanal que da al mar. Me sorprendo al ver pasar un petrel y ella me dice que los ve todo el tiempo. En un momento llora y dice que es de impotencia frente a la desconsideración de los empresarios que intentan quedarse con las playas. “Estaría buenísimo que la señora que es la presidenta de la Sociedad Anónima, venga y se siente con nosotros a orilla del mar, como todos. Que sea una más, no necesita comprar el lugar, que el lugar ya es de ella. Y está para compartirlo, para disfrutarlo. Porque la pertenencia no se compra, se vive siendo parte del todo, de la comunidad. Que si respetás, sos respetado, y eso es hermoso. Y pienso que para esos vecinos, porque los empresarios son vecinos, si llegan sin respetar, no van a ser respetados. Que por más plata que tengan, no van a pertenecer.” ✪




