Me mudé a un lugar en conflicto. Y no lo sabía, pero yo estaba siendo el conflicto. O parte de él. Porque, de hecho, me mudé en el peor momento de ese conflicto. Resulta que Chapadmalal estuvo por fuera del radar de los lugares cool de la Argentina. Hasta que llegó la pandemia y por alguna extraña combinación de factores, mucha gente pensó que era buena idea irse a vivir a Chapadmalal. Fue cuando el sector privado y el público se dieron cuenta de que había una posibilidad de desarrollo económico interesante. Aunque podría decirse de otra forma: se dieron cuenta de que podían ganar más plata de la que ya tenían. Y eso que ya tenían mucha. “Se potencia esto de balnearizar la playa –dice Mariangel, Docente e investigadora en la carrera de turismo de la Universidad Nacional de Mar del Plata – que es una forma de urbanización en playa, con esta idea de poder dormir y despertarse en la playa. Entonces no se busca tanto la playa como entorno recreativo, sino como un acaparamiento del paisaje. O sea, una inversión de tono exclusiva, pero a la vez excluyente.”
Pero así funciona la ambición. Durante el invierno de 2026, el conflicto estalló por los aires. Aunque tal vez aún no haya estallado, pero está encendido. Vecinas y vecinos organizados en asambleas demostraron que el desarrollo que está sucediendo afecta irreversiblemente la identidad del lugar. En esa afectación está la modificación del ambiente, que a esta altura del Siglo XXI ya sabemos que cuando un ecosistema se modifica, casi que no hay vuelta atrás. Y, casualmente, lo atractivo de la región es el ecosistema. “Elegí este lugar para vivir hace algunas décadas, y lo elegí justamente porque me permite una relación con la Naturaleza. Ahora vienen estos imberbes a querer cambiar todo sin tener el más mínimo conocimiento del lugar. Es violento”, dice Pablo Hermida, vecino. Ahora, el conflicto está escalando. De un lado, el Estado municipal y un grupo de privados que pretenden hacer negocios, y del otro está la comunidad que quiere preservar el lugar en el que decidieron vivir mucho antes de que Chapadmalal se convirtiera en Chapa.
Parte del problema
A poco de entrar en el Siglo XXI, mi primo Hito se mudó a Chapadmalal. Mi primo Hito es 15 años mayor que yo y siempre fue la oveja negra de la familia, el díscolo, el raro, la referencia de lo que no había que hacer. Y para mí, siempre fue un ídolo. A mediados de los ‘80, cuando yo aún no había alcanzado la adolescencia, Hito hacía yoga, tenía abejas, corría en bici de montaña, comía arroz yamaní y cultivaba marihuana. Para el entorno familiar, Hito era un problema. Entrados los ‘90, empezó a viajar a Chapadmalal y a hacer surf. Se hizo de amigos y pronto se mudó. Por esos años, empecé a visitarlo y así fui conociendo el lugar y su gente. Gasté la Ruta 2 de tanto ir y venir. Hasta que en el invierno de 2025, me mudé y pasé a formar parte de esos (esos) que se vinieron a vivir después de la pandemia y que, de alguna forma, son parte de este conflicto.
Letras sin serif
Hay un panfleto que circula. Es en blanco y negro, de veinte centímetros de alto por quince de ancho. Tiene letras limpias, sin serif, y el encabezado grita Urgente!!, así, sin signo de exclamación de apertura, pero con dos signos al final. Después dice CHAPADMALAL en alta, y después pública y natural en tipografías con serif. Debajo, a modo de copete o bajada, denuncia que el Gobierno Municipal de General Pueyrredón quiere licitar a 20 años las últimas tres playas públicas que aún quedan libres en Chapadmalal. Más abajo, en tres columnas, describe lo que sucedería con esas tres playas, que son Playa Dorada o Paradise, Redondo y Santa Isabel. Dice que se pretenden construir cabañas exclusivas, restaurantes y drugstores, eventos masivos con shows musicales, alambrado, carpas, spa. Al final, el panfleto lo firma la Asamblea por los Bienes Comunes de Chapadmalal, y un QR que invita a conocer acerca del Proyecto de Reserva Provincial. El panfleto me lo da en mano Mariana Pontano, de la Asamblea Playa Redondo, y me dice: “Desde la pandemia, mucha gente se compró una casa. Algunos, como vivienda permanente; otros, para vacaciones y fines de semana. Pero eso no sería un problema, salvo que el Estado Municipal y algunos privados vieron que podían hacer buenos negocios. Porque, claro, al crecer el mercado inmobiliario, se abren oportunidades para hacer negocios que, sin exagerar, son negociados, negocios espurios, infringiendo leyes. Y como se trata de gente que tiene mucho poder, y nosotros somos unos vecinos comunes y corrientes, nos quieren pasar por arriba”.
De contaminar y usurpar
Hacia fines de los 90s, vecinas y vecinos de la zona hicieron saber su descontento con desarrollos turísticos como Manantiales y Luna Roja. Por un lado, Manantiales construyó su Spa de Mar sobre un gran médano, cambió el curso de un arroyo, vierte desechos cloacales a ese mismo arroyo, y hasta construyó su propia escollera. En julio de 2022, la Asamblea Vecinal Luna Roja presentó una denuncia titulada Manantiales Club de Mar: 30 años de discriminación, clandestinidad y contaminación. En mi archivo encontré una entrevista que le hice a Lucho Linares y a David Vázquez en 2007. Es un video que había grabado con una Sony MiniDV, esas camaritas de mano. Ambos hablan de la impunidad con la que la empresa de Manantiales y su vecino balneario Luna Roja actúan sobre las playas, denunciando eso mismo que en 2022 estaba manifestando la Asamblea.
Los amigos de Hito (Lucho Linares, El Deivid, El Chori), entre otros, nacidos y criados, lucharon para preservar el lugar del que forman parte desde que nacieron. Y perdieron. Fue triste ver cómo los expulsaban de la playa, donde tenían una escuela de surf y enseñaban gratis a las niñas y niños del pueblo. Si venías en los ‘90s a Luna Roja y venís hoy, no la reconocés: restorán, estacionamiento, cabañas (¡cabañas! Si ves dónde están construidas, no necesitás saber de leyes para darte cuenta de que no es correcta esa ubicación tan cerca del mar), música, chiringuitos… Los amigos de Hito perdieron. Pero, a la vez, hoy son una referencia. Porque en 2026 hay empresarios y funcionarios públicos que pretenden hacer lo mismo en las únicas tres playas que aún permanecen sin concesionarios. Entonces, mirando los casos de Manantiales, Luna Roja y Calamar Loco, entre otros, es sencillo darse cuenta de qué podría suceder.
Algo se rasga, hasta que se rompe
Calamar Loco, dos puntos. Un escenario sobre la playa, con sonido industrial y música electrónica. Es en serio. Cuando a mis amigos los expulsaron de Luna Roja, algunos empezamos a encontrarnos en el balneario Siempre Verde, que sólo tenía una concesión: la del tiempo compartido RCT. Pero pronto, en el balneario de al lado, Arameo, vino otro. Armaron balneario con piscinas sobre el acantilado. Y, al tiempo, lo impensado en la zona: un boliche al aire libre. Suena bien: venir a bailar al lado del mar. Pero también suena así: en verano, cerca de las cinco de la tarde, la calma se interrumpe de forma violenta cuando empieza a sonar la música. Dato curioso: todos los días se monta un operativo con Policía y Gendarmería en la ruta. Ni en mis sueños más distópicos hubiera imaginado semejante escena. Un lugar apacible, que se rasga hasta romperse.
Entre dos mundos
“A estos espacios donde se encuentra el Mar con la Tierra se los llama ecotonos” me dice Ane, Lic en Biología. Quiero entender mejor dónde estamos. “Los ecotonos son puntos de encuentro de dos ambientes muy diversos, donde hay una situación de borde, donde hay un plus de diversidad muy grande. Nosotros vivimos en un ecotono.” Resulta que por un lado está el océano, que es el espacio de mayor biodiversidad del planeta, con sus mareas e influencias y, por otro, las playas que, en este caso, también tienen acantilados de hasta treinta metros de altura. O sea que no estamos sólo en una playa, estamos en el encuentro de dos mundos que conviven y se enriquecen. Y no es una metáfora. Estos acantilados fueron investigados por el naturalista Florentino Ameghino y por una serie de investigadoras e investigadores a lo largo de 130 años. Los resultados: se encontraron fósiles que ayudaron a reconstruir mundos pasados, con miles (millones) de años de historia. La Licenciada en Geología y Doctora en Ciencias Biológicas Flavia Dona me apunta: “Se descubrió todo el intercambio biótico que hubo entre América del Norte y del Sur, se pudo datar el impacto de un meteorito que tuvo implicancias en el clima de la región, se pueden estudiar los cambios del clima. Se estudia el pasado para poder predecir lo que puede pasar en el futuro”. Según me explicaba Flavia Dona, un acantilado se forma por el avance y el retroceso del mar. Y también por la litología, que es la composición física y química del material. En este caso son limos y arcillas, sedimentos, que provienen de la Cordillera, que fueron traídos por el viento o por cursos fluviales hasta acá. “También hay mucho contenido de vidrio volcánico, por eso tenemos estos suelos tan fértiles.” Marqué una línea recta en Google Maps entre Chapadmalal y Copahue y me dio mil doscientos kilómetros. Esa es la distancia que tuvo (¡y tiene!) que recorrer el material para formar estos acantilados. Y, como podrán imaginarse, no se trata de una roca sólida. “La acción del Hombre puede interferir de muchas maneras. Desde arriba, le estaríamos poniendo carga a un lugar que está todo el tiempo erosionando. Y esa erosión no es siempre igual. Muchas veces, empieza por debajo”, dice Dona. Entonces, imaginemos esto: encima de ese acantilado se le pone una construcción con piscinas, restaurantes y demás y, como si fuera poco, sonido industrial, con frecuencias hiper potentes como los sub graves. No creo que eso le haga bien al ambiente. Y aún no hablamos de lo que le hace a la fauna, tanto marina como aérea. Piensen que mamíferos como las orcas se orientan a través del sonido. ¿Qué interpretará una orca o una ballena cuando siente música electrónica? No creo que bailen.
En distintos barrios del Sur de Mar del Plata, las vecinas y vecinos se fueron organizando en asambleas. Todas buscan frenar el avance desmedido e ilegal de empresas privadas sobre las playas. Eso, por supuesto, con el aval del gobierno municipal. En todos los casos, se violan leyes provinciales y nacionales. En la zona de Chapadmalal también hay asambleas. Actualmente, se busca preservar tres playas: Dorada o Paradise, Redondo o La Redonda y Santa Isabel. Y les aseguro que el trabajo que hacen estas vecinas y vecinos es inmenso y desgastante. Básicamente, porque del otro lado hay empresarios y autoridades municipales con poder. En las asambleas se junta dinero para pagar a los abogados, se organizan acciones y, además, reciben amenazas y denuncias penales. Desgastante. ¿Ya lo dije?
Lo que se busca es que las únicas tres playas que quedan sin concesiones, queden así, públicas. Y, además, intentan resguardar el ecosistema. Es decir, el entorno en el que viven. Desde asambleas como la de Redondo, impulsan proyectos como la creación de un geocircuito por el alto valor geológico que tienen los acantilados; también proponen circuitos de ecoturismo, incluso de avistaje de aves. Acá les dejo un link para que conozcan más acerca de estas propuestas.
Una mañana fría y ventosa de julio me encuentro con Mariana Pontano. Ella es guardavidas de Playa Redondo, nació en Mar del Plata y hace treinta años que vive en Chapadmalal. Charlamos desde la casilla de guardaparques. Me sorprendo al ver pasar un petrel y ella me dice que los ve todo el tiempo. En un momento llora y dice que es de impotencia frente a la desconsideración de los empresarios que intentan quedarse con las playas. “Estaría buenísimo que la señora que es la presidenta de la Sociedad Anónima, venga y se siente con nosotros a orilla del mar, como todos. Que sea una más, no necesita comprar el lugar, que el lugar ya es de ella. Y está para compartirlo, para disfrutarlo. Porque la pertenencia no se compra, se vive siendo parte del todo, de la comunidad. Que si respetás, sos respetado, y eso es hermoso. Y pienso que para esos vecinos, porque los empresarios son vecinos, si llegan sin respetar, no van a ser respetados. Que por más plata que tengan, no van a pertenecer.”



